lunes, octubre 24, 2011

domingo, septiembre 04, 2011

España frenará la crisis con leyes


Por: Calixto Avila Tirado
Hace algunos días supe que en la embajada española en Colombia las personas hacían cola para sacar visa e irse a visitar a la madre patria.  Lo que me parece extraño es que haya  tanta gente interesada en visitar un país que está al borde de la quiebra.  Sí señor, así como lo oyen; los flamantes países que antes con un aire peyorativo nos llamaban “tercer mundo” están al borde del colapso financiero.  En España por ejemplo, el Congreso aprobó una enmienda a la constitución para ponerle techo al endeudamiento del país, y así las demás naciones de la Unión Europea tendrán que seguir el mismo camino para evitar que sus economías se vengan abajo por culpa de los gobernantes botaratas. 

Después de la crisis de Grecia, Angela Merckel, primer ministro de Alemania y Nicolás Sarkozy, presidente de Francia,  han tomado las riendas de la UE y los demás gobernantes se han limitado a ser simples amanuenses acatando sin rechistar todas las sugerencias de estos dos mandatarios.  España es el primero de los países en acatar las recomendaciones de las autoridades de la UE al modificar por segunda vez desde 1978 la carta magna para ponerle freno al déficit fiscal.  Harán una Ley Orgánica para que de aquí al 2020 el déficit no pueda ser superior al 0.4% del PIB. Como quien dice, confeccionarán un vestido de una talla única, el que se tienen que poner sin importar el tamaño del cuerpo.  

En España la mayoría la manejan dos partidos: el Partido Popular de corte conservador, conocido como el PP liderado por Mariano Rajoy y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) que es el que gobierna actualmente con José Luis Rodríguez Zapatero y que aspirará de nuevo hacerse con el poder con el candidato Alfredo Pérez Rubalcaba.  Hago esta aclaración porque lo curioso de la enmienda que quieren aprobar, es que en un principio fue propuesta por Rajoy, del partido opositor, lo que causó muchas burlas del candidato oficialista Rubalcaba.  Pero dadas las circunstancias y que la medida hizo eco en Merckel y Sarkozy, en un santiamén Zapatero consensuó con Rajoy llevar a cabo la reforma, sin consultar con el candidato oficialista.  

No sé si los congresistas españoles creen que con haber puesto cortapisa al déficit fiscal por ley, se van aliviar todos los males económicos de su país.  Esta medida es de resultados tardíos, porque se empezarían a ver los frutos desde el año 2020 que es cuando se cumplan las proyecciones de reducir el déficit.  Lo que sí es cierto es que con esto se envía un mensaje de tranquilidad a los mercados que están siendo duramente golpeados en estos momentos.

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viernes, agosto 26, 2011

Décimas: y el Tata dijo No.



Y buscaron a Martino
para nuestra selección
Y con tanta decepción
de que el tipo nunca vino
Yo no sé pero imagino
de que el Tata pensaría:
Allá vive Ivan Mejía
y un tal Carlos Antonio
Mandó todo al demonio
y a Colombia no venía

Dijo: yo soy varonil
pa salir con disparate
Y no lloro en un empate
que yo tenga con Brasil
Y me parece muy vil
que todo el mundo lo sepa
ese collar de arepa
que ponen en Medellín
El mico sabe al fin
en el palo que se trepa

Y el salario chichipato
de los sesenta millones
No se ofendan los señores
no me alcanza ni pa un rato
Me bajaría de estrato
si acepto la propuesta
Y les doy esta repuesta
ese sueldo no es lo mío
no sé cómo a Hernán Darío
le alcanzaba hasta pa fiesta

Y dejó a la policía
con la tuna en el Dorado
a Bedoya encartado
que de una se venía
Y ahora y que García
Osorio o este Leonel
pararán ese plantel
el que todos esperamos
Pa Brasil ya no nos vamos
les ahorramos el hotel

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viernes, agosto 19, 2011

Décimas, semana del 19 de agosto

Y termina la semana
de escándalos hubo ausencia
De Uribe hubo audiencia
y se la puso de ruana
y el equipo azulgrana
le ganó en franca lid
a los del Real Madrid
con un Messi con buen tino
Ya quisieran argentinos
que con ellos sea ese cid

Y el equipo de Lara
salió del campeonato
Nos deja un sabor ingrato
porque nos pintó la cara
Pero alguien nos aclara
de que esto es un proceso
y por eso no me estreso
si me puedo volver loco
perder es ganar un poco
¿Recuerdan quién dijo eso?

Y a un hacker agarraron
porque había penetrado
al de Soho ya acostado
a mí eso me contaron
Y muchos se lo gozaron
con humor inteligente
sobrino de expresidente
que hablaba de gurrecito
con su "mentor" el calvito
la pasó por inocente.


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jueves, agosto 18, 2011

La tortuga en un poste

Por: anónimo.

Un joven empresario está paseando por una plaza y decide tomar un descanso y refrescar su mente. Se sienta en un banco y al lado hay un señor de más edad y naturalmente comienzan a conversar sobre el país, el gobierno, sobre el alcalde y los concejales

¿Sabe?…El alcalde y los concejales con como una tortuga en un poste —

Después de unos segundos, no entendiendo lo que quiso decirle el viejo, el empresario le pregunta al señor.

¿Qué significa eso de una tortuga en un poste?

El señor le contesta:

Si usted va caminando por el campo y ve arriba de un poste de alumbrado, una tortuga haciendo equilibrio encima... ¿qué se le ocurre?

Viendo la cara de incomprensión del empresario, el señor le explica:

Usted no entiende cómo llegó ahí.

Usted no puede creer que esté allí.

Usted sabe que no pudo subir allí solita.

Usted está seguro que no debería estar allí.

Usted sabe que cualquier mal movimiento la puede hacer caer de allí

Y por último, lo más importante: usted es consciente de que ella no va a hacer nada ÚTIL mientras esté allí.

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lunes, agosto 15, 2011

De las campañas electorales y su financiamiento

Por Calixto Ávila Tirado

Como ya estamos en pleno auge de las campañas electorales para alcaldes, me permito suministrarles algunos datos que pueden ser útiles a la hora de elegir al primer mandatario local.

Las experiencias de las contiendas electorales pasadas nos muestran una constante: el derroche de ingentes cantidades de dinero. Incluso se rumoraba que supuestamente algunos candidatos hipotecaban sus casas y fincas con el fin de inyectarle muchos millones de pesos a su aspiración de llegar a la alcaldía del municipio. Al ver tanto despliegue de poder adquisitivo, la gente se pregunta: ¿es acaso el puesto de alcalde municipal una mina de oro, que al llegar allá el candidato ganador puede recuperar lo invertido con el fin de salir de las deudas contraídas en el proceso electoral?

Ser alcalde no es ganarse el Baloto

Recordemos que las campañas electorales se pueden hacer con aportes del sector privado, con recursos propios del candidato y con préstamos a los bancos de una línea de crédito especial ordenados por el Banco de la República. Dichos aportes tienen un tope, el cual fija el Consejo Nacional Electoral unos meses antes de las elecciones. Para los comicios del 30 de octubre del año en curso ya salió la resolución 0078 del 22 de febrero de 2011, que en su artículo primero, literal k, dice: “En los distritos y municipios con censo electoral comprendido entre veinticinco mil uno (25.001) y cincuenta mil (50.000) electores, cada candidato que aspire a ser elegido alcalde podrá invertir en la campaña electoral por todo concepto, hasta la suma de CIENTO DIEZ MILLONES DE PESOS MONEDA LEGAL COLOMBIANA ($110.000.000).”

La financiación de las campañas está regulada por la ley 30 de 1994, que en su artículo 14 hace la siguiente prohibición: “Ningún candidato a cargo de elección popular podrá invertir en la respectiva campaña suma que sobrepase la que fije el Consejo Nacional Electoral, bien sea de su propio peculio, del de su familia o de contribuciones de particulares.” Esta ley también ordena devolver por cada voto válido depositado, una cantidad de dinero, que para estas elecciones que se avecinan el CNE ya fijó en la resolución 0004 de enero de 2011 la suma de $1.624. Tomando como base los resultados de las elecciones del año 2007 en San Marcos Sucre, el candidato ganador obtuvo 11.558 votos. En el caso hipotético de que el vencedor este año saque la misma suma, el estado le devolvería $18.770.192. No sobra decirles que para que le devuelvan esa suma, debe presentar las cuentas en los plazos estimados, en los formatos destinados para tal fin y con los soportes que demuestren que si se gastó ese dinero en la campaña.

El sueldo del alcalde

Cumpliendo con lo ordenado en la ley 4ª de 1992, el presidente de la república de Colombia fija el monto máximo que podrán autorizar las Asambleas Departamentales, los Concejos Municipales y Distritales como salario mensual de los Gobernadores y Alcaldes. Este sueldo está constituido por la asignación básica mensual y los gastos de representación y que en ningún caso podrán superar el límite máximo salarial mensual, fijado en ese decreto.

Los ingresos se fijan de acuerdo a la categoría y el presupuesto del municipio. En Colombia el artículo 6 de la ley 617 de 2000 clasifica a los municipios en las siguientes categorías:

Categoría especial: Todos aquellos distritos o municipios con población superior o igual a los quinientos mil uno (500.001) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales superen cuatrocientos mil (400.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Primera categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población comprendida entre cien mil uno (100.001) y quinientos mil (500.000) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales sean superiores a cien mil (100.000) y hasta de cuatrocientos mil (400.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Segunda categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población comprendida entre cincuenta mil uno (50.001) y cien mil (100.000) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales sean superiores a cincuenta mil (50.000) y hasta de cien mil (100.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Tercera categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población comprendida entre treinta mil uno (30.001) y cincuenta mil (50.000) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales sean superiores a treinta mil (30.000) y hasta de cincuenta mil (50.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Cuarta categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población comprendida entre veinte mil uno (20.001) y treinta mil (30.000) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales sean superiores a veinticinco mil (25.000) y de hasta de treinta mil (30.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Quinta categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población comprendida entre diez mil uno (10.001) y veinte mil (20.000) habitantes y cuyos ingresos corrientes de libre destinación anuales sean superiores a quince mil (15.000) y hasta veinticinco mil (25.000) salarios mínimos legales mensuales.

— Sexta categoría: Todos aquellos distritos o municipios con población igual o inferior a diez mil (10.000) habitantes y con ingresos corrientes de libre destinación anuales no superiores a quince mil (15.000) salarios mínimos legales mensuales.

Para el año 2010 el monto máximo que podían fijar los consejos municipales como sueldo del alcalde en municipios de categoría 3 (municipios entre 50.001 a 100.000 habitantes, como San Marcos), no podían sobrepasar la suma de $5.221.608 (Decreto 1396 de abril de 2010)

Todo esto nos obliga a tomar conciencia y suponer que cuando una campaña derrocha mucho dinero es porque no lleva buenas intenciones con el presupuesto municipal, ya que para salir de las deudas y para pagar favores a terceros, al candidato ganador le toca otorgar contratos a unos pocos, contratos que muchas veces no se desarrollan ni cumplen con el lleno de los requisitos.

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domingo, agosto 14, 2011

Los insultos

Por Calixto Ávila Tirado


Están por todos lados: en la calle mientras manejas, en el Congreso, en los foros de las noticias y en las páginas sociales. En fin, los insultos se han vuelto el as debajo de la manga de aquellos que no tiene argumentos o de aquellos que quieren a la fuerza hacerse oír, paradójicamente, en estos tiempos en los cuales existen muchas maneras de hacer llegar nuestra opinión a otras personas.

No sé si es tema de cultura o de impotencia ante el desarrollo de las noticias de corrupción que nos llegan a diario lo que hace que todos los días la atmósfera esté cargada de esa tensión que nos conlleva a pelearnos con el primero que nos contradiga, o que exprese su punto de vista con el que eventualmente no estamos de acuerdo. Estamos inmersos en esta sociedad que explota al menor resquemor y que pareciera no meditar antes de proferir palabras hirientes, y esto deriva en otras formas de violencia como la de irse a las manos o sacar armas para supuestamente arreglar algo que se puede subsanar verbalmente si tenemos un mínimo de tolerancia.

Algunos diarios digitales se han visto en la necesidad de cerrar la opción de comentar las noticias, porque ya algunos foristas (así les llaman) les basta con leer el encabezado para cargarse de ira y empezar a vomitar toda clase de improperios amparados impunemente por el alias, que en la mayoría de las veces no es ni siquiera su nombre verdadero. Al rato entra otro usuario, este no se toma el trabajo de leer el titular, lee el comentario y empieza a insultar al primero que escribió, con un lenguaje digno de los delincuentes de más baja calaña. Esa es la cultura de hoy en día; la de igualarnos al contrario. Si alguien me ofende, yo para sentirme mejor conmigo mismo, lo ofendo de igual manera o en grado sumo.

El insulto jamás merecerá elogio, pero si es exquisito, diplomático, es más atenuante. Esto no quiere decir que no cause en el otro una reacción, pero si no ofende, sino que confunde, no puede llegar más lejos. Todo es cuestión de tacto y del momento y en el contexto en el que se desarrolle la conversación. No hay que negar que somos humanos y que a veces nos dejamos llevar por las pasiones, pero si le ponemos freno a la lengua, o a los dedos, de pronto no hacemos algo de lo cual más tarde nos vamos a arrepentir. Dicen que hay cosas que no volverán jamás, que no tienen marcha atrás, como las oportunidades y las palabras pronunciadas, pero si después de ofender mostramos muestras serias de arrepentimiento y pedimos disculpas, el sentimiento de venganza o de odio que hemos generado con lo dicho se puede amainar.

En este país hay gente experta en todo, pero sobretodo en insultar. No más entre a las principales noticias para que empiece a leer los comentarios, en los cuales no se salva casi nadie; todos están llenos de odio y resentimiento. Recuerden que el internet es global y si bien no todos en el mundo tienen acceso a éste, los que entran desde varios puntos del planeta a leer lo que escribimos, van a percibir que somos una comunidad beligerante y poco tolerante con las opiniones o acciones de los demás.

En Colombia, en aras de la libertad de expresión todos tienen licencia para insultar, y no hay filtros para que no se publique el veneno que expelen algunos porque eso sería censurarlos. Yo no estoy de acuerdo con eso, porque creo que cada cosa debe tener su lugar y que cada individuo debe respetar a sus congéneres. Recuerden que mi libertad de expresión termina cuando yo lesiono con ella el los derechos de los demás. Eso de poder expresar lo que yo siento, aún si ofende a los otros es como tener una pistola con salvoconducto con la cual yo le pueda dispararle a quien quiera.

Y hablando de insultos, el más exquisito del que yo tenga memoria me lo contó un profesor en el bachillerato. Dicen que fue de un poeta en Cartagena, no sé si fue del tuerto López. El poeta estaba dolido porque una mujer que se acostaba con todo el mundo no le aceptaba una invitación. Un día la mujer le dijo que sí, que dieran un paseo. El poeta, con esa espina que le aguijoneaba por dentro, la invitó a dar un paseo en un coche de esos que son tan famosos en La Heroica. Cuando llegaron al lugar destino el poeta le dijo al cochero: “Cochero ¿A como computas el viaje?" La mujer se sintió aludida y le dijo al poeta “Como así ¿Usted me está diciendo puta?” El poeta le preguntó a la mujer “¿Qué me reputa la señora?” La mujer siguió protestando pero el poeta zanjó la discusión: “dejémonos de disputas”

Hay que ser tolerantes, las tensiones del diario vivir no pueden ser la excusa para seguir maltratándonos de palabras ya que existen muchas maneras de arreglar nuestras diferencias sin llegar a los extremos, esto es, a situaciones de violencia que terminan en la mayoría de ocasiones con saldos trágicos.

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domingo, febrero 24, 2008

El siete velorios



Por: Calixto Avila Tirado
El aroma de la mañana nos lleva tomado de la mano al lugar de la ensoñación…Hay risas, baile y mucha música, pero música de verdad, esa que no ha sido profanada por el avaricia del mercader de discos, ni por aquellos que en su afán de innovar se creen con el derecho de sacrificar el folclor. Es la banda de Caimito que a mansalva deja escapar la obra maestra llamada “Tres Clarinetes”. Yo espero a mis amigos sentado en el primer escalón del monumento que queda a una cuadra de la iglesia, justo en donde comienza “calle larga”. Me han perdido el rastro porque he estado persiguiendo los destellos fugaces de una joven sanmarquera que me ha dejado obnubilado con su movimiento de caderas mientras castigaban al redoblante con un Porro palitiao. Estamos en el Alba, pero no le llamamos alba así con letras minúsculas; este es el nombre que le damos a la mezcla de porro, alegría, amistad, amoríos y ron que irrumpe en una fría madrugada a finales de diciembre siendo el preludio del primer día de Fiestas en Corraleja en la Perla del San Jorge. Suena la trompeta, suena el clarinete y suena el corazón como queriendo imitar los golpes del bombo, como deseando salirse del pecho ante tanto ambiente festivo, mientras el incipiente sol nos avisa que ya es de día y a duras penas me he dado cuenta que no he pegado el ojo en toda la noche.

Mis amigos al fin dan con mi paradero y me dicen, mientras enarbolan una botella vacía, que ha llegado el verano y yo les digo que sed que espera agua no es sed, que apenas es el primer día de fiesta en corralejas y ya tendremos la oportunidad de decantar muchas, pero muchas botellas de licor. Por ahora dejemos la cosa así, es tarde y mi madre debe estar preocupada, pero no porque me pase nada malo, sino porque me vaya a ir de largo, de doble turno con horas extras incluidas para seguir tomando el día entero y la noche que sigue. Si, mi madre ha de estar preocupada por mis excesos de felicidad y también porque de la casa me sacó Alberto, el mas alcohólico de todos mis amigos. A éste le precede la leyenda urbana que dice que una vez doña Teresa, su progenitora, lo mandó para Barranquilla a estudiar economía, carrera tan absurda para el porque siempre ha sido un derrochador de placeres, y también de dinero. El caso es que Beto invitó a ocho amigos a pasear a San Marcos, para época de Semana Santa, pero se encontraron con el inconveniente que solo habían cuatro camas disponibles, pero Beto, en un ataque de lucidez repentino les dijo: “Bueno muchachos, la única forma en que puedan dormir cómodos es que cuatro tomen de día, y los otros toman de noche”, como efectivamente lo hicieron durante los ocho días.

Dormí unas pocas horas y tomé un baño de prisa aprovechando que mi madre salió a cumplir con unos compromisos. Es una suerte que no me haya visto llegar tambaleándome por el largo pasillo que conduce a mi alcoba, porque de haberlo hecho no hubiera salido ileso a unas de sus diatribas en contra del alcohol y del hedonismo que esta llevando a los jóvenes a la perdición. El reloj marcaba las 11:07 de la mañana y un sol abrazador castigaba con sus lanzas de fuego a la muchedumbre que iba rumbo a la corraleja a terminar de montar sus negocios de fritos, panes, guarapo de panela, helados, algodón de azucar y todas esas cosas que hacen de la Fiesta de Toro un parque de diversión para grandes y chicos.

Paso por la casa de Alberto, su abuela Tata me dice que se esta bañando y me ofrece algo de comer. Le digo que no se preocupe, que yo lo espero sentado frente al televisor en el que están presentando los archivos de la corraleja del año anterior. Tata me dice con su certidumbre de hierro: "Ay mijo, mejor almuerza porque Beto tarda demasiado en el baño. Ya sabes que flojo que se respete dura por lo menos una hora bañándose".

Devoré con avidez el arroz con coco y el guiso de pescado que la abuela de Alberto me puso en un plato de loza hondo y caigo cautivo de esa sazón exquisita, propia de las abuelas de la sabana. Alberto apareció recién bañado y comió con una velocidad que contrastaba mucho con su parsimoniosa manera de bañarse y al rato partimos hacia la corraleja con el objetivo de entrar en ese circo de alegrías y tragedias para retar un poco a la muerte que viene enredada en los cuernos de esos animales salvajes.

La corraleja es un círculo cercado de barrotes de madera, coronados en la parte superior por unas graderías semejantes a las de los estadios de futbol: mejor dicho, es como un estadio de futbol, pero de leña pura y con techo de láminas de zinc. A ella se entra acicateado por unas cuantas cervezas, por la compañía de los amigos y por la estupidez de creer que uno es inmune al cacho del toro. Así se llega con una botella de aguardiente en una mano y con el alma en la otra, con la certeza de que las únicas armas que tenemos para enfrentar a un astado, son las piernas para correr y las oraciones de nuestras madres que a esas alturas, no deben servir de a mucho.

Me divierto mucho cuando voy a las fiestas en corralejas de mi pueblo, y eso es por la cantidad de emociones que se sienten, pero más que todo por la variedad de personajes que se encuentran, como por ejemplo aquel que vendedor de helados que debajo de ese sol canicular de las dos de la tarde iza una vara llevando en punta de lanza varios conos insertados en una tabla, con un ojo puesto en el negocio y con el otro en la puerta del torín o en la fiera que está en un rincón de la plaza. Si un toro lo persigue, el vendedor pone pies en polvorosa, despavorido pero sin soltar la vara, la que arroja solo cuando está a dos centímetros de la tragedia. Jamás entenderé la filosofía de ese negocio, creo que solo da pérdidas porque es mas el helado que se derrite, que se pierde en esas faenas con el toro que el que se vende; No hay utilidad monetaria, pero sí de diversión y es ésta el objetivo de la fiesta.

Ya habían salido tres toros al ruedo cuando por casualidad nos enteramos que esa misma tarde se jugaría un peligroso ejemplar de la ganadería de los Hoyos Anaya. Era una suerte de exterminador criollo que no podía tener un nombre más apropiado: “El Siete Velorios”, apelativo que se había ganado a pulso matando a dos infelices en Sincelejo, otro en Sincé, tres en Ciénaga de Oro y uno más en Caimito; había corneado además a tres caballos pero estos no contaban por aquello de que a los animales no se les da cristiana sepultura. El caso es que a esas horas las cervezas nos habían atolondrado el cerebro y todo nos parecía divertido, incluso hasta la propia muerte, pero como dice Tata, la abuela de Alberto, que “ningún borracho se come su mierda” decidimos ir al torín, que es el lugar en donde se hacen los encierros, a ver al animal al cual su fama le precedía como algo siniestro y aterrador. Aprovechamos el momento en que había un toro rejugado en la plaza y que un enlazador al que apodaban Muela e Queso, le había incrustado en los cuernos su lazo para obligarlo a salir de la corraleja. Al pasar por la puerta por donde salen los toros, su eterno guardián, imponente como un Coloso de Rodas, quien fuera nuestro profesor de geografía en la secundaria, nos lanzó una reprimenda con la mirada pero logramos convencerlo para que nos dejara subir, con el pretexto de que íbamos de salida. Subimos a trompicones por los barrotes y los tablones que formaban el largo pasillo del encierro y ahí fue cuando lo vimos con sus cuernos afilados, sus ojos de demonio recién salido del infierno, exhalando el vapor de la muerte por sus fosas nasales. Tenía una fuerza descomunal y embestía a lado y lado las tablas que lo mantenían prisionero. A Alberto y a mi nos temblaban las piernas, tanto que temimos desmayarnos lo cual hubiera sido trágico porque estábamos observando al animal desde arriba. Los demás compañeros observaron el cuadro aterrador con el mismo estupor que nos corroía a nosotros mientras se hizo un largo silenció como si le hubiesen ordenado a la banda que dejara de tocar y vimos en ralentí a las personas que pasaban calle arriba, calle abajo. Miré a la cofradía de amigos que aún tenía sus ojos puestos en aquel toro negro como el color de la túnica de la parca, y les dije tajante: “Me largo de aquí, porque no quiero ser el responsable de un inminente cambio de apodo para este condenado animal” y me marché sin más preámbulos. Desde entonces nunca más he pisado la arena o el barro de una corraleja. Tengo aún presente, jugueteando en mi memoria la imagen de El Siete Velorios esperando el momento para salir a exterminar a todo lo que se mueva en la plaza y creo que eso me ha salvado de un destino ineluctable: como es el de perecer en una hermosa tarde de diciembre, corneado por un toro en las Corralejas de San Marcos.
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miércoles, agosto 29, 2007


VENGANZA EN EL PUERTO
Calixto Enrique Avila Tirado


Lucho, así le decían todos en el pueblo: Lucho el que no molesta mucho se mofaba su hermana y vecina de siempre. Entraba y salía de su casa como una sombra, como un fantasma al que le atravesaba la luz y la ponzoña de la gente. Nadie se percataba de su presencia excepto Aurelio, el perro callejero que un día se encontró en el puerto de San José y que acostumbraba esperarlo en el marco de la puerta de la casa solitaria pasada las once de la mañana. Se ganaba la vida como vendedor de barbú, esos peces que tienen unas largas hebras alrededor de la boca y lanzas lacerantes en las aletas, tan peligrosas como el aguijón de un alacrán. Salía al anochecer a sumergir en las turbias aguas de la ciénaga las jaulas de alambre oxidado que dentro llevaban “pepe”, una extraña mezcolanza fétida de tripas de animales envueltas en un saco de tela, para regresar con el alba y encontrarlas repletas de barbú. Se armaba con sus cuchillos aguzados para desocupar el vientre de los pescados sentado en el borde de la canoa mientras los mosquitos y otros diminutos insectos desayunaban con su sangre caliente.

La hermana de lucho, Concepción, vivía con Rodrigo, un hombre displicente que la golpeaba a cada rato y le dejaba el cuerpo sembrado de equimosis que se adivinaban bajo los trapos miserables que usaba como vestimenta. Todos le recriminaban a Lucho su falta de valor – ¿Es que acaso no tienes güevos? –Le decían los vecinos –Ese tipo va a mandar a tu hermana un día de estos para el barrio de los acostados, a lo que Lucho siempre le respondía que eso no era problema de él y que en pelea de marido y mujer nadie se debe meter.

Los vecinos tenían a lucho como el rey de los cobardes. Como su cuñado se dedicaba a la misma labor que él, intercambiaban los cuchillos y las nasas, tomaban el café en el puerto al despuntar el sol y hablaban de deportes o de cualquier otra cosa cuando ensartaban en el nailon de llantas de camión las decenas de barbú, para ofrecerlas de casa en casa en las horas de la mañana. —Pero este si es el colmo— comentaban los que los veían —El hombre muele a golpes a su hermana y este en recompensa le compra el tinto.

Los días transcurrían entre el silencio de Lucho y las palizas que su hermana recibía de aquel hombre despiadado y dipsómano. Nadie podía concebir que alguien pudiera vivir de esa manera, con un esposo cruel y un hermano envilecido hasta el infinito. Lucho no se daba por aludido cuando su hermana gritaba al ser macerada por el puño de su marido, cuando éste le decía que era una puta, que no valía un peso y que un día de estos la iba a despachar para el otro mundo clavándole uno de sus filosos cuchillos. Lucho la escuchaba mientras Agustín se paseaba de un lado a otro en la sala ladrando, como si quisiera abrir la puerta de la sala, saltar la cerca del patio que separaba las casas para salir en defensa de la desvalida mujer. Hasta el perro parecía tener mas cojones que él, comentaba la gente al sentir a Agustín desesperado clavando sus garras en la puerta que ya tenía sendas zanjas de la tanta insistencia del canino. —Un día de estos voy a matar a ese perro —Gritaba Rodrigo mientras discutía con su mujer.

Una noche Rodrigo había estado tomando en una de las cantinas del Puerto con sus amigos, otros pescadores que dejaban lo poco que se ganaban en las arcas de “Algarrobo”, que era como le decían a un negro como de dos metros de altura que había puesto una venta de licor a orillas de la ciénaga. Rodrigo llego ensopado en su sudor, exhalando alcohol por cada uno de los poros y exigiendo comida caliente. Concepción le dijo que no había nada que comer debido a que él se había gastado el dinero tomando Ron, y ahí fue cuando el borracho la arrinconó en la cocina y comenzó a abofetearla una y otra vez. Agustín, que estaba fuera de la casa vecina del hermano de Concepción, con una veleidad inusitada, entró furioso al lugar donde la mujer estaba siendo torturada por su marido enseñando sus filosos colmillos y se abalanzó sobre Rodrigo. Este lo despidió de una patada, el perro calló despatarrado debajo de una mesa retorciéndose de dolor y cuando quiso levantarse para retomar el combate, solo puedo ver el color plata de la hoja del cuchillo que le rebanó la garganta. —Yo te lo dije —Decía Rodrigo arrastrando los despojos mortales del perro hacía la calle— Tarde o temprano iba yo a matar a este perro.

Cuando Lucho regresó como a las siete y treinta de la noche, encontró al gueto de vecinos que contemplaban con estupor a Agustín navegando en sus miserias, con los ojos abiertos pero con el rastro inconfundible de la muerte extendido a lo largo de su cuerpo. Lucho lo miró reprimiendo el grito de angustia a causa de la pena que le aguijoneaba el alma, lo atrajo contra su pecho mientras le acariciaba las orejas y se le empapaba la camisa de sangre. ¿Quién le hizo esto a mi perro? ¿Quién lo hizo? Los presentes no hablaron, solo se limitaron a apuntar con sus dedos hacia la casa de Rodrigo. Fue lo único que se le escucho decir a lucho la noche de la muerte de su perro; ni una palabra mas, ni una maldición, ni una amenaza. Se encerró en su cuarto a escuchar los improperios que Rodrigo le lanzaba a su hermana en la casa de al lado y se durmió soñando que Agustín volaba hacía una luz que pendía del cielo, moviendo unas alas blancas enormes como las de una garza gigante.

Lucho se dejó cobijar por la rutina diaria de pescar y vender barbú y no tomo represalias contra su cuñado con el que seguía compartiendo como si no hubiera pasado nada. Todo marchaba dentro de los parámetros normales de la convivencia hasta que sucedió lo inevitable: Rodrigo en un ataque de furia ciega le propino cinco puñaladas a Concepción una noche en que llegó borracho y no encontró la comida preparada. Los vecinos trataron de auxiliarla, pero los esfuerzos por salvarle la vida fueron infructuosos debido a la gravedad de las heridas y a la cantidad de sangre que perdió camino al hospital. Cuatro policías entraron a la casa y sacaron a Rodrigo, aún borracho, esposado como el criminal que era y lo condujeron a la cárcel municipal a la espera de que Lucho fuera a presentar cargos, pero no lo hizo. Una vez más defraudaba a la gente que estaba convencida de que acusaría a Rodrigo como el único autor de la muerte su hermana. Solo se limitó a decir: que lo juzgue y lo castigue Dios, porque yo no estoy en capacidad de presentar denuncia alguna. Hasta el mismo inspector de la policía fue hasta su casa una noche a explicarle de la importancia que era tener a un asesino de la calaña de Rodrigo, por lo menos treinta años tras las rejas, pero Lucho le dijo que era imposible que le siguiera insistiendo ya que a él lo que Dios le quito de valor, se lo dio en indulgencia, que perdonaba a Rodrigo porque su castigo iba a ser el de extrañar todos los días de su vida las peleas que entablaba con su hermana al anochecer.

A Rodrigo, en ausencia de una acusación por parte de un familiar de la víctima, solo le dieron tres años de cárcel al cabo de los cuales salio por buena conducta. Volvió a sus andanzas y a la vieja casa vecina de la de Lucho. Salía en al anochecer a tirar las nasas y regresaba en la mañana a desenredar los pescados que caían en las jaulas. Así pasaron seis meses sin que se notara en Lucho siquiera un ápice de rencor o de venganza, acrecentando en el concepto de sus vecinos su falta de gallardía. Pero una mañana en que caía una lluvia menuda en la orilla del puerto, mientras Rodrigo hacía collares de barbú con la pita de nailon, Lucho se le acercó con la pasmosa tranquilidad de siempre y le pidió un cigarrillo. Rodrigo se secó las manos con un trapo sucio y mientras miró su bolsillo para buscar el paquete sintió la hoja delgada del un cuchillo que le atravesaba la mano, la caja de cigarros y el corazón. Ante él Lucho seguía empujando contra su cuerpo una y otra vez la filosa hoja de metal mientras el se desplomaba sin sentido. Mas tarde en la morgue, al contemplar el cuerpo sin vida de Rodrigo cribado a puñaladas, el forense diría que el asesinato fue ejecutado por uno de los mas despiadados asesinos que hubiera conocido jamás; le contabilizaron sesenta y siete puñaladas a la luz mortecina de las lámparas. En cuanto a Lucho solo se sabe que esa misma mañana, con paso cansino, sin premura y con el cuerpo empapado de sangre, llegó a su casa, se baño con esmero, empaco sus pocas pertenencias en una caja de cartón y se largó del pueblo dejando atrás el asombro o tal vez la complacencia de la gente, que vio como se le despertó el león dormido que llevaba dentro durante muchos años.
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sábado, julio 28, 2007


Quiero que seas luz, que seas felicidad, que seas mi sosiego en los días agitados —y en la noche fría y espesa — mi abrigo, mi prisión de brazos.
Yo seré tu amante, tu arsenal de besos, pero más que todo eso, seré tu mayor proveedor de felicidad en este mundo.
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miércoles, junio 20, 2007


VENGO A DARTE EL ALMA
LETRA Y MÚSICA: Calixto Enrique Avila Tirado
Canción dedicada a mi futura esposa: Marlene Rojas Lamby
I
Hoy te pongo mi amor a tus pies
hoy te entrego mi alma sufrida.
Soy humilde y sencillo, ya ves
como vengo a entregarte la vida.

Traigo un verso bordado en clavel
y el corazón lleno de poesía.
Se dibuja el amor en mi piel,
la palabras se hacen melodías.

Te traigo un corazón
que repleto de pasión
cultiva mil canciones,
un verso de Neruda,
esa poesía desnuda
que dibuja ilusiones.

Tambien te traigo las dulces palabras
del sentimiento innato de mi pueblo,
la pasión que siento por mi guitarra
y el amor que le tengo a mis viejos.
Sin más palabras vengo a darte el alma,
cuídala mucho en tus manos la dejo.
II
Hoy quisiera una estrella bajarte,
para luego ponerla en tus manos.
Mi princesa yo quisiera darte
lo mas bello, mas tierno y humano.

De San Marcos te voy a traer
una canción de Alejandro Rodríguez
para luego poder componer
lo mas bello que tu a mi me inspires.

Traigo las serenatas
con voces y guitarra
que inundan el silencio,
la sonrisa de un niño
que espera con cariño
el primer dia de colegio.

También te traigo las dulces palabras
del sentimiento innato de mi pueblo,
la pasión que siento por mi guitarra
y el amor que le tengo a mis viejos.
Sin mas palabras vengo a darte el alma
cuídala mucho en tus manos la dejo.
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domingo, mayo 27, 2007


SALA DE URGENCIAS
Por Calixto Avila Tirado

En la mañana del sábado me encontraba en mi oficina trabajando de manera habitual como lo he hecho desde los últimos seis años para la empresa a la cual le presto mis servicios. En medio de un asiento contable me tomaron por asalto las ganas de tomar agua, así que me levanté de súbito de mi silla ergonómica con la disposición de ir a la nevera a beber el líquido de la vida, dejando las gafas que utilizo para trabajar en la computadora —que no tienen una pizca de aumento— encima de mi escritorio que yacía sembrado de números contenidos en sus respectivas carpetas. De pronto sentí un leve mareo, la vista se me nubló de improviso y hasta temí derrumbarme sobre el piso que mantiene aseado Rosa, la señora de oficios varios. Fueron unos cuantos segundos que duró el malestar pero la preocupación de tener un conato de infarto aceleró mi respiración, y una sensación de debilidad inusitada en mi cuerpo me llevó de nuevo a la silla. Tome varios sorbos de agua y el sosiego me llegaba con la misma lentitud con que el líquido irrigaba mi cuerpo, haciéndolo llegar a su estado natural.

Le dije a mi asistente que me iba para la clínica de urgencias de mi EPS que queda a pocas cuadras de la oficina y que la dejaba a cargo de mis obligaciones en la mañana. Entré a mi carro que estaba estacionado en frente de mi trabajo y preciso cuando uno quiere andar rápido todo conspira para que se avance lo más lento posible. Sacando el vehículo en reversa me percaté de que un caballero a mi derecha ya me estaba impidiendo el paso cuando salía con el suyo. El tráfico estaba más enredado que nunca pero logré llegar a la EPS sin mayores inconvenientes. Me dirigí hacia la puerta que decía URGENCIAS y pude ver una cola como de diez personas entre ancianos, jóvenes y mujeres embarazadas. Con intermitentes olas de mareo en mi cabeza me ubico al final de la fila mientras una señora discute con la recepcionista acerca del pago de una cuota que supuestamente la empresa para la cual trabaja, ya ha cancelado, pero que el SISTEMA aún la tiene registrada. La hilera de persona se encuentra taponada por la escaramuza de la usuaria con la recepcionista y las caras de nosotros evidenciaban además de la enfermedad, el desespero por llegar al consultorio del médico de una vez por todas. No logro comprender el letrero de URGENCIAS en la entrada de la recepción cuando en El Pequeño Larousse Ilustrado esta palabra tiene las siguientes acepciones: “Urgencia: necesidad apremiante de una cosa. Sección de los hospitales en que se atiende a los enfermos y heridos graves que necesitan cuidados médicos de inmediato”. Parece que debe haber un error de logística en esta EPS o la salud para ellos a pasado a ser un negocio y yo soy un simple cliente que tiene una necesidad tan elemental como la de arreglar una anomalía del carro para la cual debo esperar a que el mecánico se desocupe. Después de cinco, o quien sabe, mas minutos muestro mi cédula de ciudadanía y el carné que me hace parte del gueto de usuarios del Plan Obligatorio de Salud, por el que me descuentan de mi sueldo una suma no despreciable mes a mes sin que yo me pueda oponer alegando que rara vez utilizo estos servicios. La recepcionista me devuelve los documentos y me dice —Entra a esa sala que ahora te llaman— Entro y caigo en la cuenta que además de las diez personas que tenía al frente hay como otras doce esperando con anterioridad para ser atendidas “de urgencia”, así que sin proferir palabras saco un libro para sumergirme en las olas de los minutos mientras llega mi turno, porque parece que voy a pasar toda la mañana en esta mal llamada “Sala de Urgencias”.

Después de una hora aproximadamente de haber llegado por fin un vigilante con tapabocas y guantes de cirugía, que más bien parecía salido de una película de Alfred Hitchcock, menciona mi nombre y me dice que pase al consultorio tres. Llego y la doctora me dice que me siente en la camilla y me hace la pregunta que los galenos no dejan de soslayo — ¿Qué tienes?— Le relaté la historia del mareo que les conté a principio de este artículo con pelos y señales. La doctora me mira con cara de pocos amigos y me dice —¿Y por un mareo tú vienes a urgencia?— Le dije que estaba preocupado por que yo soy una persona sana pero que llevo una vida sedentaria por causa de mis obligaciones, que he visto muchos casos en que un mareo de este tipo se convierte en el albor de un infarto. Le explique que mi mamá y mi novia me prohíben los deliciosos patacones que como religiosamente todas las tardes en un local improvisado en el área peatonal cerca de mi oficina, en donde discuto de fútbol y política con la asidua clientela y los dueños del negocio y que todos estos agravantes hacen que mi colesterol llegue a 242, eso sin contar otros delitos alimenticios que cometo, por causa de mi apetito sabiamente educado en las sabanas de Sucre. La doctora detrás de su computadora me da la impresión de anotar todo con puntos y comas. Parece encontrar una salida para deshacerse del molesto paciente aunado a su triste historia de colesterol y patacones en las tardes de estrés y dice que su máquina mágica acaba de encontrar la panacea para mis males y que pase por otra recepción en donde hay una señorita y otro vigilante —esta vez sin tapabocas y guantes de cirugía— en donde me entregaran tres hojas tamaño media carta que tienen escrita la medicina que ella sabiamente acaba de formularme. Le pregunté por mi diagnóstico y empezó a decirme lo que yo ya sabía de antemano: que me alejara de las grasas, que no más patacones y que hiciera un poco de ejercicio —son sorprendentes las conclusiones a las que llega un computador de un médico de la EPS.

Recogí la receta médica y fui a la farmacia de la EPS que tenía otra cola de diez personas (esto parece una norma en esta EPS, no hay colas con menos de diez personas) El encargado tomó original y copia, suspiró y sin mirarme a la cara me dice —Aquí no tengo todas estas pastillas. Tienes que ir a buscarlas a la IPS tuya, o sea, en donde te dan las citas— A estas horas, ya yo me he aliviado completamente del mareo, además he tenido un autocontrol envidiable para Ghandi o para un instructor de yoga. De manera que tomo los medicamentos de la fórmula incompletos y me voy para mi IPS. Al llegar allá tampoco encuentro las benditas pastas pero el farmaceuta, que esta visiblemente enojado y no es más amigable que el anterior, me dice que valla a otra dirección. Mi calma de asceta ya ha sido puesta a prueba el tiempo suficiente durante esta mañana, así que antes de perder los estribos me voy para mi oficina completamente recuperado sin tomar medicina alguna. Mas tarde tomo el teléfono y llamo a una droguería y descubro una verdad aterradora: Las pastillas que me recetó la sabia doctora —que hacen parte del lenguaje prosaico—solo valen dos mil quinientos pesos. Creo que si las EPS siguen formulando estas medicinas están expuestos a una quiebra inminente.
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lunes, abril 30, 2007

Se va Cholo


SE VA CHOLO
Por Calixto Avila Tirado
Despedida a mi amigo Orlando Camargo que se fue para los Estados Unidos a vivir con su esposa, Yolima. Exitos, compadre.
I
Todos los amigos venimos a parrandear
Mi compadre Orlando ya se va pal exterior
Y tomando trago nos vamos a emborrachar
De los parranderos Orlando ha sido el mejor

Y lo verán lavando carros
Cosas que no hizo en Barranquilla
Cholo que nunca ha trabajado
Piensa allá darse la gran vida

Tal vez Orlando en la Yunai
Cuando camine por las calles
Va a recordar a Ivan Vidal
Tomando trago allá en el Valle

Ya se va, ya se va mi compadre Cholo
Parrandeando, parrandeando yo me quedo solo.
Ya se va, ya se va mi compadre Cholo
Desde ahora en Barraquilla lo extrañamos todos.

II
Mi compadre Cholo seguro va a disfrutar
Paseando en los trenes del metro de Nueva York
Acá lo esperamos en un bus de Cochofal
O en un Loma Fresca con un tronco de calor

Recordará la sopa e Pablo
Y el popular arroz de liza
Junior jugando en el estadio
cuando propina una paliza.

Y me imagino el carnaval
Cuando lo estén televisando
seguro querrá parrandar
Con Jean Carlos y el viejo Orlando.

Ya se va, ya se va mi compadre Cholo
Parrandeando, parrandeando yo me quedo solo.
Ya se va, ya se va mi compadre Cholo
Desde ahora en Barraquilla lo extrañamos todos.
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viernes, marzo 30, 2007

Lo más cerca que estuve de Gabriel García Márquez


Lo más cerca que estuve de Gabriel García Márquez
Por Calixto Ávila Tirado


La primera vez que escuche algo del insigne escritor colombiano fue a través de un radio transistor de mis tíos maternos en San Marcos: se había ganado el premio Nóbel de literatura y mi mente infantil no alcanzaba a dimensionar la importancia de tal reconocimiento. Desde entonces me encontraba su nombre en cada texto de español y literatura cuando recibía las primeras instrucciones de vida en la “Escuela Modelo” del profesor Ismael y se hablaba de él como algo mítico y extraordinario en el campo de las letras. Tanto que se despertó en mi el deseo de aprender a leer lo mas pronto posible para descubrirlo en sus obras literarias.

Los años pasaron y el devenir de los tiempos me trajo a estudiar en la ciudad de Barranquilla, en donde los días se me hicieron difíciles por el dolor de haber cortado el cordón umbilical que me ataba a mi natal San Marcos y al seno de mi familia. La facilidad con que me granjeo amigos me llevó a conocer a Isabelita, una sobrina de una vieja gloria del equipo Junior, que sentía un pavor por las matemáticas solo comparado con el miedo que sentimos los mortales por la muerte. Así que aparte de compartir amistad, compartíamos textos y yo le cambiaba mis pocos conocimientos en logaritmos y derivadas por cualquier invitación a almorzar.

Recuerdo que un profesor nos puso un extenso trabajo sobre un tema que no logro precisar en este momento, el cual teníamos que elaborarlo en grupo de dos personas, y transcribirlo en computador para su posterior presentación. Por aquel entonces ni mi amiga ni yo poseíamos computadora y tocaba buscar a algún conocido que nos la prestara para ahorrarnos el dinero que costaba poner la tarea en condiciones de entrega. Isabelita tuvo la brillante idea de recurrir a Cundy, una amiga que vivía en un conjunto residencial al norte de la ciudad, quien tenía un ordenador, y según arreglos previos nos los prestaría con el mayor agrado del mundo.

Acordamos que nos veríamos el domingo en equis lugar de Barranquilla, para llegar a la morada de Cundy y así lo hicimos. Al llegar a la casa entramos en el estudio, en donde estaba ubicado el computador, y puse mi esmirriado cuerpo en un sillón de descanso que estaba en un rincón del recinto, no sin antes hacer las presentaciones de rigor para poder relacionarme con la amiga de Isabelita en un tono más familiar. Al rato entraron los padres de Cundy, y de inmediato noté en el rostro del papá, el de alguien conocido, pero por mucho que me esforzaba no lograba dar con el parecido. Lo miraba, algunas veces de reojo, y otras de frente de manera descarada, como tratando de escudriñar en su faz la cara oculta que andaba buscando, pero pese a mis ingentes esfuerzos me era imposible relacionarlo. La madre de Cundy al ver mis constantes miradas al rostro de su esposo me dice amigablemente: “No te preocupes, no eres el primero que lo mira de esa manera, siempre nos pasa lo mismo; en el cine, en el supermercado, en la fila del banco. Siempre”. Yo, apenado me disculpé. –¿Se te parece a alguien? –Me interpeló. Le dije que si, pero que en ese momento no lograba precisar a quien se me parecía. –¿Cómo a Gabriel García Márquez?. Claro, le dije analizando el extraordinario parecido de aquel caballero con el eximio escritor colombiano, mientras el padre de Cundy decía “Es que somos parientes”. –Deja de mamarle gallo al muchacho, le dijo la esposa, ¿Por qué no le dices de una vez que son hermanos. –¿Hermanos? Le pregunté. –De padre y madre me dijo de manera orgullosa. Le di mi mano al hijo del telegrafista de Aracataca para saludarlo y cuando lo hice sentía que tocaba un pedazo de Macondo, que estaba sumido en el olor a guayaba del ambiente y que las alas enormes de aquel escritor muy bueno estaban frente a nosotros. Al rato entramos en la sala, en donde había muchas fotos que la familia conservaba como trofeo, pero para ellos no eran las fotos de alguien famoso; era las fotos del hermano, del cuñado, del tío.

Hoy precisamente viendo en la televisión tantos filólogos rindiéndole tributo a Gabo con motivo de los cuarenta años de Cien Años de Soledad, en Cartagena de Indias, recordé aquel incidente de mis primeros meses en Barranquilla. Mis amigos tal vez dirán que soy presa del realismo mágico de la obra del Nóbel colombiano, pero yo si les puedo decir que tomo aquel momento como lo mas cerca que estuve de Gabriel García Márquez.
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domingo, febrero 25, 2007

NO CREO EN ESPANTOS
Por Calixto Avila Tirado

No creo en espantos. Así les dije a mis amigos en plena parranda cuando uno de ellos había contado la espeluznante historia de una novia, cuyo novio fue asesinado de cinco impactos de bala en plena boda. Mi amigo, rodeado de un ambiente de misterio y ataviado de un silencio desgarrador, comentaba que la familia de la novia estaba maldita, que tenía pactos con el demonio y que por eso sucedió la tragedia. La doncella en mas de una ocasión intentó casarse pero sus prometidos habían tenido un trágico final: el primero pereció ahogado cuando en una madrugada llegando a su casa, embriagado hasta el cansancio, cayó dormido boca abajo con la cabeza metida en un charco de agua en medio de la calle solitaria; al segundo un inexplicable accidente le arrebató la vida en la vía que conduce a Santa Inés. Con el último la muerte impaciente no esperó que el cura sentenciara la trillada frase de “los declaro marido y mujer hasta que la muerte los separe” y se lo arrancó de los brazos en el atrio de la iglesia. Eran muchas historias las que se tejían sobre la saga de la novia. Contaban que toda su riqueza pertenecía al demonio y que en las fincas de sus padres encontraban a algunos trabajadores asesinados con la lengua arrancada de cuajo.
El aire se volvía denso, la madrugada estaba helada y yo seguía con mi tema: “no creo en espantos”
—Ese es porque estás tomando —me decía mi amigo que narraba la historia —pero si estuvieras bueno y sano otro gallo te cantaba —sucede que la novia después de haber perdido tantas batallas en el campo del amor con su gran oponente, la muerte, decidió ponerle fin a sus días colgándose de uno de los dos árboles de los Mangos Mellos, (léase los Mangos Gemelos) que quedan en la esquina del patio del colegio San José, circundados por dos de las calles que dan a los Tres Chorros. Desde entonces cuenta la gente que en las noches caliginosas una mujer vestida de novia se pasea por esos parajes, barbullando una canción de amor, como tratando de culminar lo que no pudo hacer en vida: Estar felizmente casada.

Todos estaban en silencio, y no era para menos. Esas historias de terror a las dos de la madrugada a más de uno atemorizan. El trago se había acabado y con los rastros de pavor de la historia desperdigados por el aire, nadie quería ir al estanco más cercano a comprar otra botella de licor.

—Esas son puras habladurías —les dije —Más bien vamos a acabar con esta parranda con una buena ronda de serenatas.

El silencio era absoluto. Del oriente venía cubierto de frío y sombra el canto de la chicharra. Los ecos de música lejana habían fenecido tal vez destrozados por la violenta historia. Mi amigo Henry, de pocas palabras y diáfano entendimiento rompe el mutismo con una propuesta que queda revoleteando en mi cabeza —Hombe Cali. Ya que eres tan escéptico, juguemos un rato con nuestra gallardía. Vayamos todos a la calle en la que sale ese espanto de marras a infundir el terror en este mundo que es de nosotros los vivos.

Divertidos todos al unísono aceptamos el desafío de enfrentarnos por primera vez con las fuerzas del mas allá, de abrir la ventana oculta del esoterismo para aventurarnos y tal vez resolver de una vez por todas el misterio de la Novia en Pena. —Bueno, si vamos a ir— Dijo mi hermano Marcial —Hay que ir con municiones. Y el arsenal que necesitamos lo tiene Naddo en su Kiosco “El Capricornio” de la plaza Porras. Yo creo que unas cuantas botellas de Aguardiente serán suficientes para derrotar tanto a la demoníaca aparición y al miedo. Como decía mi tío que en paz descanse y que mis palabras no lo ofendan (y si se ofende que venga y reclame): “Al borracho lo ve dios”. Entonces, a mas grado de alcohol en la sangre, mas bendiciones divinas.

Salimos la cofradía de amigos izando las guitarras y las botellas vacías. La unión hace la fuerza y un pueblo unido jamás será vencido dice el adagio popular. Las calles estaban solas pero a medida que avanzábamos uno que otro noctámbulo era seducido por la causa. Entramos al “Capricornio” y Naddo nos suministró cuatro piponas de aguardiente con la condición de que se las pagáramos a más tardar el próximo sábado por la tarde. Al salir el olor del rocío de la madrugada fue aniquilado sin piedad por el delicioso aroma de las papas de Magdalena quien prepara las mejores frituras del país, y tal vez de todo el orbe mundial. Compramos varias papas fritas que fueron empacadas en bolsas de papel y así completamos nuestro armamento.

Llegamos a la calle encantada después de haber consumido dos de las cuatro botellas que nos acreditó Naddo y todas las papas de Magdalena. Nos sentamos a orillas de la calle en silencio, con las guitarras apagadas y el corazón latiendo como caballo desbocado esperando en medio de la oscuridad a que pasara el supuesto engendro del demonio. Transcurrió el tiempo en el vaivén de los minutos. Eran las tres y media de la madrugada. ­—Creo que es suficiente —Dijo Nilson —Mañana tengo que ir a Pinar del Río a comprar unos bocachicos y tengo que dormir por lo menos una hora.

—Deja de buscar subterfugios para escabullirte —Le dijo Pablo —Esperemos una media hora mas, porque la gente dice que los fines de semana es cuando ella sale.

Pablo no había terminado la frase cuando escuchamos una voz lastimera canturrear una canción a lo lejos: “Ya nos queremos, ya nos amamos, viva el amor. Vivan los novios cuando se aman de corazón”

No sabía si mi imaginación o la de todos, nos estaba jugando una mala pasada. Con un vestido largo, blanco como sus guantes, con el cabello largo hasta los senos cubriendo su rostro y con un cirio encendido, se acercaba lentamente la Novia Encantada, tarareando y cantando: “Ya nos queremos, ya nos amamos, viva el amor. Vivan los novios cuando se aman de corazón”.

En un momento de estos los ateos rezan el padre nuestro mientras bañan su cuerpo con la señal de la Santa Cruz. Le quito la botella de aguardiente a Pablo y me tomo dos seguidos. Marcial y Henry me secundan y hacemos de tripas corazón. Varios de nuestros amigos han puesto pies en polvorosa. De hecho creo que la borrachera que traían se les ha fugado con la misma velocidad de sus piernas. La tenue luz del alumbrado público hace que el cuadro fantasmagórico sea más espectral que hasta da la impresión que no camina, levita sobre el terreno escarpado de la calle. Indecisos caminamos como cuatro pasos hacia el inevitable encuentro pero ella se detiene, parece que nos analiza con sus ojos apagados detrás de la cortina de su cabellera mientras canta, ahora en un tono lastimero el mismo estribillo… “Ya nos queremos, ya nos amamos, viva el amor, vivan los novios cuando se aman de corazón”. En la acera pululan las piedras, Nilson toma una y se la lanza y parece haberla impactado en alguna parte del cuerpo porque se escucha el estruendo de un coco cuando cae desde una altura considerable.
—Mierda mi hermano, creo que le diste —Susurra Henry —Y lo que quiere decir eso es que no es un fantasma como pensábamos. Agarremos piedras y garrotes, porque mañana desayunaremos Novia Fantasma en el desayuno.

El fantasma que nos ve borrachos y decididos, retrocede, vacila y da media vuelta para tomar el camino de regreso mientras nosotros gritábamos: — ¿A donde crees que vas? Llegó el día en que vamos a saber quien eres en realidad— Dicho esto nos aventamos a la persecución del espectro que parecía no tener mucha movilidad por la parafernalia de su vestimenta. Corría desesperadamente, huía de nosotros con el mismo miedo con que huyeron nuestros amigos en el primer momento del encuentro. El cirio que llevaba encendido nos los había arrojado en un intento desesperado por defenderse de nuestro acoso pero ya era demasiado tarde. Marcial le había pisado la larga cola del vestido y ella había caído de bruces sobre la orilla de la carretera.

—No me maten, no me maten —Nos suplicaba —Que yo no soy ningún fantasma. Soy Gertrudis— Cuando apartamos su cabello para mirar su rostro nos dimos cuenta que era verdad. Se trataba de Gertrudis, la esposa de Bladimir Muñoz, un comprador de pescado que viajaba en una embarcación con un motor fuera de borda, por todos los ranchos de los pescadores, negociando los frutos del río. Como el infortunado marido salía a altas horas de la noche, Gertrudis aprovechaba y salía vestida de novia de su casa para encontrarse con su amante en una casa de la esquina de los Tres Chorros, y luego se regresaba de la misma manera, en la madrugada cuando su marido aún se encontraba en sus correrías, para amanecer durmiendo en su habitación. ¿Comprenden por que no creo en los Espantos?
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domingo, enero 21, 2007


Bumerang, tan real como la vida misma

Qué cómo fue que la conocí, Señora. Fue en el esplendor de mi vida. Yo tenía un próspero negocio de venta de jugo de patilla con limón ubicado en una calle al norte de la ciudad, que a pesar de ser un puesto callejero, era frecuentado por toda clase de personas: profesionales, artistas, oficinistas y gente del común. Ese lugar estaba tocado, guiado y bendecido por la mano de Dios. Créame Señora, que el dinero llegaba con el mismo ímpetu de esa brisa que con proyectiles de arena arremete contra nuestro rostro en las noches del mes de enero. Había plata a manos llenas, Señora, y yo era un hombre feliz porque había tenido un ascenso vertiginoso en la escala de la vida. Vivía con mi esposa La Mariana, sitica ella, tan abnegada y tan sufrida por la recua de sinsabores que se tuvo que tragar sin siquiera masticarlos, uno tras otro, como quien ingiere un alimento que nunca le ha gustado, pero que no tiene mas remedio que comerlo para no morir de hambre. Teníamos una casa tan enorme como nuestros planes para el futuro y dos pequeños hijos que eran la luz de mis ojos. Para no desviarme del tema, y perdónenme si la aburro con mis cosas, Señora, pero es que ya no soy ni la sombra de lo que fui, yo la conocí porque como usted misma dice “El diablo es puerco”. Imagínese que la primera vez que la vi fue en el bus. ¿Cuándo demonios yo cogía bus en ese entonces, si yo no me bajaba de los taxis? Pero ese día el destino había conspirado y marcó en su agenda la hora y los minutos exactos en que yo iba a ver la manzana de la tentación y sabía que yo no iba a parar hasta haber comido de ella. Como le decía, Señora, la vi y quedé deslumbrado con su belleza: ojos grandes y marrones, caderas anchas y fina cintura y su cabello, si mal no recuerdo, estaba adornado con una diadema de color azul. A usted le parecerá raro, Señora, que yo tenga incrustada todavía esa imagen en mi memoria después de todo lo que ella me hizo, pero dígame ¿Cómo voy a olvidarlo si ese fue el preludio de mi destierro del mundo de la tranquilidad y la comodidad? Pero venga y le sigo contando. El vehiculo estaba atiborrado de gente, de ruido, de música vallenata y de uno que otro olor nauseabundo. Yo iba sentado en el asiento que da hacia el pasillo porque había tomado el transporte en albor de su recorrido, pero cuando ella se subió, había muchas personas de pie. Mi caballerosidad y mi atracción repentina hacia ella me acicatearon para hacerle un ademán indicándole que se sentara en mi puesto. Me dio las gracias con una voz más dulce que mi jugo de patilla con limón. Ya se lo que está pensando, Señora, que esa voz hoy tiene más jugo de limón que de patilla, pero no se ría, que para ese tiempo ella era tierna y amorosa y por eso fue que adosé mi vida a la suya. No proferimos mas durante el recorrido pero yo me quedé con la mirada inmersa en su escote pronunciado. Ella parecía encantada con el asedio de mis ojos y cuando se levantó para bajarse me fui tras ella sin disimular. Era como si me hubiese atado una cuerda invisible para halarme y obligarme a seguir el olor de su rastro. Ya en la acera me preguntó si la estaba siguiendo y yo le dije que si de inmediato. Después de presentarnos de manera formal y charlar como quince minutos intercambiamos números telefónicos. Desde ese día el reloj despedazaba en átomos los segundos y los reconstruía uno a uno haciendo de los minutos una eternidad y las horas transcurrían en medio de mi desespero por verla en el bus todas las tardes. Y mi Mariana, Señora, empezó a notar mis llegadas a deshoras, mi cansancio y otra cantidad de subterfugios para no cumplirle en las noches como esposo y mi afán para salir de la casa en las mañanas. Como me arrepiento hoy, Señora, de haberle infringido tanto dolor. Y fue para unos carnavales cuando le dije a mi esposa que me iba de la ciudad a comprar un cargamento de patillas, y Mi Mariana a sabiendas de que me iba a ver con ella, me puso en la maleta mis mejores prendas de vestir. Parecía resignada a perderme o mas bien la ataba a mi la cantidad de dinero que yo le daba para sostener la casa. Durante esos cuatro días de fiesta en medio de los desfiles de las carrozas, las comparsas de las marimondas, los congos y los toritos comprobé que ya no podía dar marcha atrás, que estaba perdidamente enamorado de esa mujer a quien todos le decía La Otra. Le propuse que nos fuéramos a vivir juntos y así fue como me marché de la casa como un muchacho soltero sin ninguna obligación y como si no hubiera tenido nada que perder. El sentimiento ignito, la pasión y la lujuria nos llevaron a concebir a este muchachito que usted ve aquí, Señora, mi hijo que hoy tiene diez años. Mariana me seguía llamando y lloraba de amargura cuando yo le decía que no podía volver con ella. Una tarde Mariana llegó a mi negocio diciéndome que ella quería rehacer su vida, que tenía un pretendiente. Mas por curiosidad que por celos, indagué mas detalles del supuesto novio. Me dijo que era un pensionado de la Base Naval de cuarenta y cinco años de un corazón tan bueno y lleno de amor paternal para mis hijos. Le dije que me alegraba por ella, que siguiera adelante. Pero sabe Señora, hoy sacando cuentas pienso que Mariana no vino a pedirme permiso. No. Ella vino con la esperanza de que yo recapacitara y le obstaculizara el gran paso que iba a dar. Pero yo Señora, que soy tan bruto para captar esos mensajes inteligibles de las mujeres la dejé ir sin mas ni mas. Hoy Mi Mariana, que ya no es Mi Mariana, vive como una reina con ese señor jubilado de la Base Naval y a mis dos hijos no les hace falta nada. Pero ya sabe, Señora, que mi Dios no castiga con vara ni con látigo. La vida misma, como un bumerang, te devuelve todo lo malo que hiciste en este mundo y ahí están las consecuencias. Mi negocio empezó a decaer y mis acreedores poco a poco se fueron adueñando de él. Como ya no podía llevar mucho dinero a la casa comencé a tener problemas con ella. ¿Con quién?¿Con la Mariana? ¡No hombe! Con la mujer con la que me fui a vivir y que ha sido el motivo de mi desdicha. Con la crisis económica llegaron las discusiones y ella me faltaba al respeto con un vocabulario soez, palabras que no me atrevo yo a repetir, que no se le dicen a la gente querida. Un día llegué a la casa y me dijo sin atenuantes que tenía a otro hombre y que si quería comer algo que me lo preparara yo mismo. ¿Usted puede creer, Señora? Tiene a otro inocente pobre amigo, como dice la canción del cantante mexicano y me lo dice, sin importarle su felonía, de una manera tan vil y despreciable. Es por eso, Señora que me traje a mi hijo, que es lo único bueno que me queda de esa relación, y le pido el favor que me de posada por esta noche, porque aquí donde me ve, ya tengo un negocio nuevo de comidas rápidas. Me esta yendo bien con las ventas y estoy seguro que Dios me va a perdonar todo lo malo que le hice a mis hijos y a la Mariana, y a él le pido que me de sabiduría para no cometer los mismos errores.
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